Tercera Parte

Alcancé la orilla y mientras recuperaba el aliento me regalé la imagen del árbol magnífico que era Alaine, alzándose majestuosa en el centro de aquel santuario de tierra como solo una criatura de la naturaleza podría hacerlo.

A veces cuando hablaba con ella casi podía ver gestos humanos en su corteza: unos labios que dibujan suspiros o sonrisas, los ojos que se entornaban con tristeza o que me miraban con cariño.

Me sonreí a mi misma y aceleré el paso, ya quedaba muy poco para llegar a su encuentro.

Cuando lo hice la saludé con respeto y afecto y ella me devolvió el saludo.  

Dime muchacha, ¿Por dónde me había quedado?

me hablaste de cómo se complicaron las cosas: pese a que nunca había habido un compromiso oficial, tú y Portas habíais crecido juntos, teníais una excelente relación y eráis de la misma clase social, todo el mundo daba por sentado que vuestro matrimonio sería cuestión de tiempo.

Ella asintió, ya situada.

Ah, pero la imagen de aquel extranjero proveniente de tierras del norte, de Ónar, se había instalado ya en mi memoria –continuó Alaine- y lo que era peor, en mi corazón. Es necesario que entiendas, Acrishán, que nuestra historia no fue un cuento de hadas en el que nosotros fuimos incuestionablemente buenos y el resto de la gente horriblemente mala.

Alaine tenía la mirada brillante del que con el tiempo consigue perdonar, tanto a sí mismo como a los demás, pero jamás llega a olvidar del todo.

No, las cosas rara vez son así, sería sencillo si las personas o nuestros actos fuesen blancos o negros… Portas, que acabaría siendo líder del valle tras la muerte de su padre en la primera batalla, no era un mal hombre, algo dogmático, de carácter fuerte y demasiado serio quizás, pero los nuestros eran tiempos oscuros y la gente acababa por ser un reflejo de lo que vivía. Durante mucho tiempo me atormentó la duda de si actué bien o si por el contrario me limité a seguir mis deseos… pero ¿Alguna vez has amado muchacha? ¿Alguna vez has experimentado un sentimiento tan grande que sentías que podía desbordarse de tu pecho e inundar el mundo? ¿Alguna vez has visto alejarse caminando a algo que sientes más tuyo que tu propia piel? -Alaine suspiró- Si lo has sentido alguna vez quizás no me juzgues con demasiada dureza.

Yo la miré, viendo en su voz a la muchacha que en su día, miró con los ojos llenos de promesas a un guerrero.

A Ónar lo conocí cuando llegó al valle comandando unas tropas, buscando encontrar en nuestra gente la misma ayuda que yo había intentado conseguir –Alaine sonrió un poco- pero claro, su entrada con soldados armados fue mucho más espectacular que mis argumentos.

Le sonreí, imaginando a Ónar armado y desfilando con paso regio a lomos de un caballo, dirigiendo a sus soldados.

Ella me devolvió el gesto.

El guerrero del norte encontró en mí y en mi hermano Rían, que había regresado del extranjero, a unos aliados inesperados y finalmente el consejo aceptó ayudar a la causa con apoyo militar y económico, eso sí, nos ganamos algunos enemigos a los que nadie les había enseñado aquello de “perdonar y olvidar” y nosotros lo comprobaríamos con el tiempo.

Las ramas del gran árbol se movieron, ondeando suavemente a mí alrededor, como si Alaine quisiera alejar de ella aquel recuerdo.

En Ónar me fijé desde que lo vi, tenía esa aura, ese brillo que hacía que no pudieras apartar la mirada.
Durante un tiempo traté de negarme los profundos sentimientos que despertaba en mí, me mentía diciéndome que solo me gustaba su aspecto de guerrero, su fe y su coraje. Si has vivido un poco ya sabrás que me engañaba a mi misma con descaro y que por aquel entonces ese hombre ya poseía mi corazón.
Con el tiempo yo misma decidiría entregarle mi cuerpo y mi alma.
Tuvimos algunos encuentros antes de que se marchara con sus tropas, con mi hermano y con los soldados del valle dirigidos por Portas hacia la primera batalla y bueno… fueron unos momentos un tanto… turbulentos, podría decir.
Una vez que las tropas partieron intenté seguir en contacto con Ónar por correspondencia, pero me desterró al más absoluto de los ostracismos: decía que lo olvidara, que lo que había sucedido no tenía importancia y que siguiera con mi vida.

Alaine frunció el ceño e imaginé que no debió ser agradable en absoluto.

En un principio me atormentó la duda de que el recuerdo de su primera esposa, fallecida cuando él era un hombre muy joven, le hubiera acicateado la conciencia o que acaso los sentimientos que guardaba por esa mujer muerta fueran más fuertes que los que yo le provocaba. 

Con el tiempo supe que durante aquel enfrentamiento conoció mejor a Portas y supo lo que este sentía por mí, así que juzgó conveniente que yo me quedara con el príncipe, que iba a ser una mejor opción.

Mi mirada brilló divertida, si Alaine hubiera tenido aún forma humana habría puesto los ojos en blanco, en ellos escrito en un suspiro la palabra “hombres”.

¿Cuándo volviste a verlo? –la interrogué.

meses más tarde, la primera batalla supuso una severa derrota para los nuestros, el ejército enemigo contaba con magos y nosotros necesitaríamos magos para poder vencerlos. En el Valle había apenas un par y no eran guerreros sino estudiosos, alquimistas que decían desconocer el uso de los hechizos. 

Alaine quedó en silencio, sumergida en sus propios recuerdos, en lo doloroso que había sido para todos enfrentar la realidad de aquella derrota. Los soldados muertos y heridos y la posibilidad escalofriantemente cercana, de que las cosas no salieran nada bien.

A su vuelta nos encontramos y a pesar de todo decidí perdonarle, darle una nueva oportunidad –continuó explicándome– partimos juntos hacia una cuidad bastante lejana, en busca del apoyo de la gente de la magia.

Alaine negó con tristeza.

muy pocos accedieron a venir con nosotros y aún doy gracias, porque fueron imprescindibles. Emprendimos el camino de vuelta con un grupo de druidas y tres hechiceros ancianos, muy poderosos y que venían sin esperar nada a cambio, por afinidad con nuestra causa.

 Alaine quedó de nuevo en silencio, al poco regresó a su relato.

Por otro lado mi relación con Ónar había seguido adelante, en ese aspecto el viaje a la ciudad de los magos fue un experiencia preciosa: era totalmente nuevo para mí aquello de amar a alguien y que esa persona sintiera lo mismo por mí. Fue un cambio después de lo devastadores que habían sido los meses en los que creí que el guerrero me había olvidado. Ya había decidido hablar con mi hermano, para comunicarle de forma oficial mi relación con el extranjero del norte, pero antes tenía que hablar con Portas, nunca se había formalizado nuestro compromiso, pero todos –incluso yo durante algún tiempo- lo habíamos dado por hecho.
Sin embargo la hora de la batalla decisiva se acercaba y no podía dejar de decirme a mi misma que para qué complicar las cosas, si después bien podíamos acabar todos muertos.

 

-¿fuiste a la segunda batalla con ellos? –pregunté.

Alaine asintió.

durante mi visita a la ciudad de los magos había descubierto que tenía de forma natural unas poderosas conexiones con los druidas y decidimos que sería útil a la hora de la lucha. Bueno, lo decidimos ellos y yo, puedes imaginar cómo se le explica eso a un hermano que es conde, un amigo de la infancia que es heredero de una corona y a tu recién adquirido amante acostumbrado a dirigir campañas militares.

Reí divertida imaginando a la mujer menuda que fue Alaine enfrentarse a aquellos tres hombres llenos de leyes e ideas propias acerca de lo que ella podía o no podía hacer.

Alaine también sonrió.

ahora me rió, pero puedo asegurarte muchacha que no fue nada divertido –me dijo borrando la sonrisa nostálgica de su rostro para adoptar una expresión seria- una guerra no es jamás algo divertido y con toda seguridad no es un lugar en el que llegado el momento, uno quiera estar. Fue duro, muy duro, demasiada gente matando y muriendo, demasiadas vidas en tributo a la codicia de unos pocos.

Guardó silencio, suspiró, su voz sonó emocionada cuando volvió a hablar.

pero ganamos: les devolvimos la paz a aquellos pueblos y nos ganamos el derecho a disfrutar de la nuestra. Murieron muchos, perdimos a gente muy querida, pero al final ganamos.

El silencio se hizo de nuevo entre nosotras y algo me hizo preguntarme si Alaine se habría arrepentido alguna vez de empezar lo que empezó, de llevar a sus amigos, a personas junto a las que había crecido, a una guerra que -como en su momento defendió el consejo del valle- quizás nunca les habría afectado. 

Pero al mirarla a los ojos comprendí que no, que había dolor y tristeza por la gente que había muerto, pero no arrepentimiento: no podía haberlo cuando sabía que su causa había sido justa.

Alaine me miró y pareció adivinar mis pensamientos.

es el deber de los hombres de corazón noble proteger a los más débiles cuando ellos no están en posición de protegerse. Podíamos habernos cruzado de brazos, pero habría dicho muy poco de los hombres y las mujeres de mi tiempo si lo hubiéramos hecho –su mirada se veía nublada- creo que nunca agradecí lo suficiente que Ónar llegara al valle, sin él no lo hubiéramos conseguido.

Yo tenía los ojos brillantes, una niña que escuchaba fascinada la historia.

-¿es por eso que al valle se le acabó llamando el Valle de Ónar? –pregunté.

Alaine negó suavemente.

No, aunque los habitantes sentían un gran respeto por el guerrero del norte, no fue esa admiración la razón decisiva para el cambio de nombre. Habíamos ganado la guerra, pero la historia no acaba ahí. Permanecimos un tiempo en las tierras donde habíamos luchado, recuperando fuerzas y dejando sanar a los heridos antes de regresar a nuestro hogar.

A serte sincera no esperaba con ansia ese momento, Ónar había resultado herido, pero sanaba rápido y el bastión que nos había servido como cuartel de operaciones, era como una pequeña burbuja que nos aislaba del mundo.

Salir de allí significaba regresar al valle y decirle finalmente a Portas que mi lugar estaba con Ónar, dondequiera que él estuviese -Alaine suspiró- ese momento llegó apenas tres semanas después de la última batalla y aunque suene algo melodramático, le hago justicia si digo que fue el principio del fin.

Alaine sonrió un poco, sin humor y con estoicismo.

ya te dije antes que en esta historia no hay buenos y malos, solo hay hombres con sus virtudes y sus defectos, con sus decisiones y con las consecuencias que estas acarrearon. Portas era un buen hombre, de carácter fuerte y algo autoritario, pero yo lo quería mucho de todas formas. No se tomó nada bien mi decisión.
Nosotros no éramos conscientes en ese momento, pero Zagas, uno de los supuestos alquimistas que formaban parte del consejo que se había negado en un principio al envío de ayuda, escuchó nuestra conversación e hizo uso de ella.
No voy a excusar a Portas, era un hombre hecho y derecho, un general, el despecho no era escusa suficiente para hacer lo que hizo: esa misma noche envió a unos mercenarios a acabar con la vida de Ónar.

Miré a Alaine, con los labios entreabiertos por la sorpresa.

Zagas sin embargo tuvo otra idea: muerto el perro se acabó la rabia –explicó ella con una sonrisilla irónica- Era yo la que tenía que morir, así que se encargó de que mi comida fuera envenenada.   

A partir de ahí los hechos se desarrollaron muy rápido y de manera muy confusa. Comencé a encontrarme mal poco después de la cena pero tuve suerte, los druidas y los  magos que habían decidido ayudarnos –los que habían sobrevivido- aún no se habían marchado a su ciudad.
Intentaron sanarme con curas naturales pero el veneno era poderoso así que los druidas decidieron llevarme a esta pequeña isla donde hoy me escuchas, para realizar bajo el árbol madre un antiguo ritual con el fin de anclarme a este mundo.
Los magos fueron a buscar a Ónar y a mi hermano para informarles de mi estado.  Uno de ellos fue directamente a la casa de Ónar y otro se dirigió al Palacio donde se reunía el consejo, era probable que Rían estuviera allí.

Tiorsen, el primer mago, no encontró a nadie, más tarde sabría que el ataque ya había tenido lugar y que el guerrero había escapado por muy poco. Ónar consiguió descubrir quién los había enviado y fue en busca de Portas.

Authair, el segundo mago, se encontró en el palacio con un espectáculo que jamás habría esperado: Ónar y Portas se enfrentaban en los corredores del primer piso, en una lucha encarnizada.

Portas hizo un mal movimiento y Ónar le hirió en el pecho, Zagas, viendo como su plan se le escapaba de las manos le lanzó un hechizo al extranjero. El guerrero se percató y consiguió esquivarlo a tiempo.
Imagino a Authair, un mago poderoso pero ya muy entrado en años y desgastado por batalla, subir las escaleras exhausto para llegar hasta ellos.
Portas se encontraba recostado contra una de las paredes, apretándose con la mano el pecho y Zagas se erguía altanero, sus dedos chispeantes frente a un Ónar desarmado.

Al mago anciano se le heló la sangre cuando escuchó las palabras que Zagas le dirigía a Ónar en una cruel despedida: “toda esta lucha ha sido en vano, porque Portas y tú, maldito insolente, vais a acabar muertos por una furcia que hace horas que fue envenenada”. 

Ónar se había quedado quieto, porque leía la verdad de ese hecho en los ojos del vil miembro del consejo, mientras, el encantamiento que habría de darle muerte se dirigía a toda velocidad hacia él.

Afortunadamente para el guerrero, Authair reaccionó con más rapidez. El anciano conocía el hechizo que había utilizado Zagas pero jamás lo había visto puesto en práctica, era una magia negra muy peligrosa e inestable, una que no conocía la forma de parar.

Desesperado, de su boca salieron las palabras sin que pudiera siquiera pensarlas: “INDIVISA DRACONUS!”. De sus manos brotó una niebla espesa que salió disparada como una flecha, pasando de su forma incorpórea a la sólida silueta de un dragón blanco.

El encantamiento de protección alcanzó al de muerte y juntos impactaron en el pecho de Ónar con tanta fuerza, que este salió despedido por los ventanales del primer piso.

El grito del guerrero cayendo se mezcló con el de Zagas, que miraba incrédulo como la espada de Portas le atravesaba el pecho. El príncipe se dirigió hacia los ventanales hechos añicos, sus labios dibujando un angustiado “qué es lo que he hecho…”.

No había nada en los jardines, tan solo trozos de cristal donde debería haber habido un cuerpo desmadejado. Ónar había desaparecido. 

Yo lo sentí entonces, el espíritu herido de mi amor, de mi compañero. Lo sentí llorar desgarrado en los cielos, ciego de dolor y de rabia.

Ónar se había transmutado, la poderosa magia que se había entremezclado alcanzándolo en el pecho lo había transformado en una bestia. Nunca más volvería a ver sus ojos claros, ni la sonrisa llena de coraje en su rostro de hombre.

Yo lloraba, por el sufrimiento de él cuando se transformó en un monstruo, por su dolor al creer que estaba muerta. ¿Qué importaba ya que me salvaran? ¿Para qué quería yo seguir siendo una mujer, si él no estaba como hombre para ser a mi lado?

Tendida bajo el árbol madre, con el grupo de druidas recitando palabras olvidadas a mí alrededor para salvarme, luchando para que mi espíritu siguiera anclado a mi cuerpo, supe que tenía que tomar una decisión.

Alaine se quedó en silencio, las ramas que flotaban a mí alrededor habían adquirido un brillo etéreo. Ella tomó aire y continuó.

Les pedí que dejaran morir mi cuerpo humano y que anclaran mi espíritu al árbol madre –explicó con voz queda.  

El silencio se cernió otra vez sobre nosotras.

como humana hubiera muerto en escasas décadas y hubiera lanzado a mi guerrero a un mundo de soledad y vacío: en rarísimas ocasiones nacen seres de la magia y cuando lo hacen suelen ser inmortales –continuó- quizás pienses que fue una locura, atarme para siempre a un mismo lugar, a la inmovilidad, a confiar que los hombres de valle por los que tanto luche no me talarían, ni envenenarían las aguas que saciaban mi sed…

Alaine suspiró y negó con la cabeza.

sabes, uno de los momentos más bonitos que he vivido nunca, fue cuando Ónar convertido en dragón y yo como árbol madre, nos encontramos.
No tenía ojos y podía verlo, ni manos pero podía tocarlo, sentirlo… y él me reconoció. Supo que era yo bajo otra forma, bajo otro aspecto y cuando me miró y yo le devolví la mirada, no había escamas negras, ni hojas, ni ramas.

Alaine se quedó en silencio un instante, al hablar su voz sonó algo ahogada y yo tenía un nudo en la garganta.

no teníamos forma muchacha –me confesó- le miraba y solo podía ver amor. Nunca me había sentido tan viva como en aquel instante, al saberme amada plenamente por lo que era, sin engaños, sin disfraces de carne. Sentí que podía amar al mundo entero, colocando a ese guerrero en el centro y dejando que todo lo que me provocaba se desbordara. Era algo demasiado grande, demasiado bello para guardarlo solo para nosotros. 

Alaine se quedó callada, sumida en sus recuerdos y de la nada pareció levantarse viento, que nos agitó a mí el cabello y a ella las ramas.

Ónar decidió quedarse, para protegerme y para proteger el valle que tanto había significado para nosotros. Así nos convertimos en sus guardianes. Con los años el tiempo difuminó nuestra historia, pero no logró acabar con nuestra leyenda.

 Miré a Alaine emocionada.

Pero es real, tú escuchas a quién viene a hablarte  y Ónar también está vivo, aún custodia este valle ¿no es cierto?

Alaine me miró, el gesto lleno de ternura y una sonrisa misteriosa en su alma del bosque.

Te diré que muchos pensaron que Ónar y yo fuimos asesinados aquella noche, sin embargo, ¿sabes qué es lo curioso? Que todos prefirieron creer que estábamos en alguna parte, velando por ellos.

Y aún hoy la gente del valle viene a contarme sus problemas, a hablar entre mis ramas, dicen que encuentran consuelo en ellas, como si efectivamente hubiera alguien que los escuchara. –me dijo Alaine, sonriendo con suavidad- y a los niños y a los no tan niños, aún se les escapa la mirada al cielo, esperando ver quizás a ese dragón que un día juró protegerlos.

Ese es el poder de las leyendas muchacha, que no importa la edad que tengas, ni quién seas, ni si quiera si la realidad le hace justicia a todas las partes del relato, lo extraordinario es la magia que llevan con ellas y que transmiten a todos los que las escuchan.

De cualquier forma, si yo fuera tú muchacha, creería, es este mundo suceden cosas mucho más extrañas de lo que puedes imaginar –me confesó con un guiño.

Alaine me sonrió y yo le devolví la sonrisa.

Allí nos quedamos las dos, mientras el sol se ponía a lo lejos poco a poco, haciendo de telón de fondo a aquella tarde en el Valle y a aquella leyenda que había conseguido hacerme soñar.

Published in: on 19 febrero 2010 at 16:49  Dejar un comentario  

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