Recuerdos de Rían

Rían suspiró.

Estaba cansado, Ónar se quitaba los protectores de cuero a su lado, preparándose para descansar apenas unas horas antes de volver a partir y él hacía lo mismo.

Al quitarse la camisa su mano se cerró de forma instintiva sobre el colgante que pendía de una cadena de plata.

Pensó en su hermana, su querida Alaine y en la madre de esta.

Su madre, se corrigió.

Ónar acababa de echarse en su jubón para tratar de atrapar un sueño rápido y ligero, Rían sabía que debía imitarlo, pero no podía evitar que sus pensamientos le llevaran a otros lugares, a otras épocas, lejos de aquella tienda y de aquella guerra.

 El muchacho miró a su alrededor: la gran construcción de piedra, los extensos jardines.

Había vuelto después de dos años formándose en el extranjero y sentía una extraña desazón en el pecho. Algo debería decirle que por fin estaba en casa, pero esa voz interior se mantenía en obstinado silencio. 

Se preguntó cómo estaría Diane, la hermosa esposa de su padre y cómo sería el encuentro con su madrastra después de haber mantenido correspondencia con ella durante esos dos años.

El joven tensó la mandíbula.

No quería esperar nada, no quería desear la ternura y el cariño que destilaban las palabras de esa bella mujer, ni su comprensión, ni su afecto.

Pero los esperaba y por los dioses que los deseaba.  

Para un joven que había crecido sin una figura materna y con un padre hosco en exceso, Diane se había convertido en un apoyo y una fuente de amor inesperada.

 Tomó aire con decisión y comenzó a andar por el sendero de grava que separaba las puertas de hierro forjado exteriores de la casa familiar.

La vio cuando faltaban algunos metros para alcanzar la puerta, se quedó quieto, expectante, en su rostro la expresión fría ocultaba toda una vida de temores.

Aún le era difícil describir lo que sintió cuando esa mujer menuda caminó hasta él con paso alegre y le abrazó con fuerza.

 Tardó un momento en reaccionar, en devolverle el abrazo, en escuchar esa voz que gritaba en su interior, diciéndole que al fin estaba en casa.

El hombre cerró los ojos, buscando vencer a la realidad y al tiempo, sentir de nuevo la dulzura de esa mujer.

Pero como de costumbre al cerrar los ojos solo encontró la oscuridad negro rojiza de sus párpados y solo sintió vacío, la dolorosa, conocida ausencia. 

Más conocida de lo que a él le hubiera gustado.

Habían pasado ocho años, Rían tenía los ojos húmedos, el rostro demacrado.

La vida tenía formas complicadas de hacer que los hombres se comprendieran los unos a los otros: nunca había entendido a su padre y no estaba seguro de ser capaz de perdonarle algún día la decisión, consciente o no, de no darle afecto a su hijo por el dolor de la pérdida de su primera esposa.

Sin embargo, en aquel momento, sabía que lo entendía mejor de lo que el propio conde se entendía a sí mismo.

La enfermedad que se había llevado a Diane había sido larga y dolorosa, para ella, para todos los que la rodeaban.

El ataúd que contenía el cuerpo exánime era sencillo, elegante, de colores claros y pasteles. En cierta forma –si no hubiera sido un ataúd- uno casi hubiera podido decir que era gentil, casi  alegre: un guiño que Diane les hacía desde el otro lado.

 El viejo conde se mantenía al lado del féretro, temblándole la mano que se aferraba al bastón con terca determinación.

Rían no podía hablar, no importaba que aquella historia tuviera desde hacía mucho un final anunciado, dolía, dolía como el infierno que ella ya no estuviera allí.

El saber que nunca más la vería esbozar esas sonrisas sutiles, llenas de un ingenio que muy pocos conocían. Nunca escucharía de nuevo su voz, ni volvería a encontrar su aroma en los pañuelos que tanto le gustaba usar.

El hombre tensó el gesto, tragó saliva.

Alaine llegó corriendo, dulce niña de siete años, y se enterró en su pecho.

Él le devolvió el abrazo con fuerza y se arrodilló para mirarla a los ojos, esperando ver un rostro bañado en lágrimas y un espíritu herido a través de los jóvenes ojos castaños.

Pero no había lágrimas, tenía los ojos algo enrojecidos y su expresión era ausente.

El hombre la miró preocupado.

-Alaine-murmuró, sujetando el rostro de la niña con cuidado, buscando su mirada.

Ella apartó la cara.

-ven aquí pequeña –dijo mientras la atraía hacia sí y volvía a abrazarla. Alaine dejó que la abrazara pero estaba inquieta, se apartó al poco.

Rían la miró.

Ella alzó la vista y en  un gesto, apenas una mirada, Rían pudo ver en la niña a Diane.

 Se le llenaron los ojos azules de lágrimas. Era tan pequeña, tan hermosa e inocente.

Tuvo una dolorosa visión de sí mismo, de su infancia y de lo que sería la infancia de esa pequeña con un hombre como el conde siendo su padre.

No, no mientras él pudiera impedirlo.

Miró con intensidad los ojos de su hermana.

-¿Cómo estás Alaine? –preguntó, con la voz algo ronca.

Ella se acercó un poco, mirándole la cara y tocó con suavidad las lágrimas que se deslizaban por las mejillas del hombre.

-lloras…-murmuró.

Rían sonrío con esfuerzo.

-sí, lloro porque estoy muy triste –explicó.

La niña lo miró, inmensos los ojos marrones.

-el conde me ha dicho que no puedo llorar, que no quería más llantos -murmuró.

Rían abrió los ojos estupefacto.

-escúchame Alaine –dijo acariciándole el rostro con ternura- llora todo lo que tengas que llorar, todo lo que tu corazón necesite para aliviar su pena, acabas de perder a tu madre, tienes todo el derecho del mundo a llorar si quieres hacerlo, Diane era una mujer maravillosa y todos la vamos a echar mucho de menos.

A la niña se le  movió el labio inferior, con los ojos cada vez más húmedos, luchando su tierno orgullo por mantenerla en pie.

En un par de pequeños pasos estuvo al lado del guerrero y lo abrazó de nuevo.

Rían se puso en pie, con la pequeña sujeta contra su pecho y caminó hasta la casa.

Más tarde ajustaría cuentas con el conde.

Subió las escaleras principales y continuó hasta la habitación de Alaine. Se sentó en la cama de esta, situada contra una esquina y apoyó la espalda en una de las paredes. La niña se quedó sentada en su regazo.

Se quedaron ambos en silencio, compartiendo la pena en la habitación iluminada a medias por un atardecer que agonizaba.

-vas a marcharte ¿verdad? –preguntó la niña.

Rían la miró, aún no lo había pensado de forma consciente, pero algo dentro de él tenía claro que sería el paso siguiente.

-no lo sé –contestó de forma ambigua.

La niña abandonó un poco el protector abrazo de su hermano.

-sí que lo sabes –contradijo- solo estabas aquí porque mi madre estaba enferma y la querías mucho, ahora que se ha muerto te irás.

Rían no fue capaz de mirar a la niña, por la crudeza y la verdad que encerraban las palabras que acababa de decir.

La niña se quedó en silencio.

-ojalá fuera tú hija, ojalá pudiera irme contigo, te prometo que siempre me portaría bien, de verdad que apenas sabrías que estoy allí…-murmuró.

A Rían se le hizo un nudo en la garganta.

La niña lo miraba con una seriedad que le hizo preguntarse al hombre si en verdad tenía siete años.

Rían iba abrir la boca para responder cuando ella le interrumpió.

-no hace falta –dijo con una sonrisa resignada pero sincera- sé que dirás que es muy peligroso, que eres soldado, que te gustaría pero no puedes, que…

-sí que puedo y si tú quieres puedes venir conmigo – la interrumpió- La única condición es que tendrías que volver aquí o a otro sitio seguro cuando yo tuviera que marchame a campañas militares – a Rían le brillaban los ojos azules con determinación, sabía que esa afirmación iba a costarle una discusión de magnitud considerable con el conde, pero él ya había tomado una decisión.     

La niña lo miró, con la boca ligeramente abierta y le recompensó con una sonrisa tan hermosa que Rían deseó tener más cosas que ofrecerle.

Alaine le besó con energía la mejilla y saltó de su regazo, fue corriendo hasta el armario de dónde sacó un pequeño paquete.

-el conde me lo dio cuando mama murió, dijo que estás cosas eran de mujeres y por eso tenía que guardarlo yo, pero creo que se equivocaba– explicó la niña mientras se acercaba de nuevo a Rían- esto siempre me recordó mucho a ti, porque tenía partes más oscuras y más claritas, porque tiene una piedra que es del mismo color que tus ojos y porque mi madre –la niña paró, reflexionó un instante – nuestra madre – se corrigió-, siempre lo llevó muy cerca del corazón.

Rían había girado el rostro, se le saltaban las lágrimas sin que pudiera evitarlo.

Alaine le tendió el paquete y el hombre lo abrió sabiendo ya lo que ocultaba. 

Era un colgante en forma de orquídea, con un pequeño zafiro en el centro, que Diane siempre llevaba consigo.

Alaine sonreía y el guerrero ya no sabía que le emocionaba más, el gesto, las palabras o la sonrisa de su pequeña hermana. La niña se apresuró a pasar la cadena alrededor de su cuello y a ajustar el cierre.

-será mejor que lo lleves bajo la ropa –sentenció- si que parece un poco de mujer si…–murmuró mirándolo con aire dudoso.   

Rían rió y abrazó a su hermana con tanta fuerza que al poco escuchó un leve quejido que provenía de entre sus brazos.

-¡que me aplastas! –gorgoreó ella medio riendo.

El hombre la liberó y entonces ella le echó sus bracitos al cuello.

Rían la miró. 

-Todo va ir bien pequeña, yo siempre voy a estar contigo –prometió.

Alaine asintió.

-lo sé, yo tampoco voy a dejar que nadie te haga daño –aseguró.

El hombre asintió a su vez, diciéndose que al comienzo de ese día había perdido a una madre, a una amiga y a una compañera  y que al final del mismo, se llevaba con él a una hermana que habría de significar en su vida, tanto o más de lo que significó su madre.  

-Buenas noches.

Rían abandonó sus recuerdos sobresaltado al escuchar a Ónar.

-Buenas noches –respondió una vez recuperado.

El hombre suspiró, se pasó una mano por el rostro y se fue definitivamente a dormir.

Aquella noche el sueño no tardó demasiado en ir a su encuentro y cuando lo hizo, el guerrero aún acariciaba de forma ausente el pequeño colgante en forma de orquídea, su Orquídea Azul.

Published in: on 20 febrero 2010 at 2:20  Dejar un comentario  

The URI to TrackBack this entry is: https://elvalledeonar.wordpress.com/2010/02/20/recuerdos-de-rian/trackback/

RSS feed for comments on this post.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: