Carta de Cairine

Acrishán despegó el lacre con cuidado, contenta de ver el sello de su amiga Cairine en él.  Presurosa, sacó la carta del sobre y comenzó a leerla.

Hace mucho que no nos vemos amiga mía, que no hablamos, pero no quiero que pienses que esa circunstancia ha hecho mella en el profundo cariño que siento por ti.

Quizás pienses o sientas que solo te escribo cuando los problemas me sobrepasan, cuando tengo necesidad de ti y quizás tengas razón.

Pero sabes que estoy aquí para ti, que cuando la vida te maltrate también puedes contar conmigo y que yo desde la distancia, voy a enviarte un gesto de cariño para que mime tu espíritu magullado.

No sé qué hacer Acrishán, me ahogo, me faltan el aire y la alegría.

Le echo tanto de menos, no debí dejar que se alejara, debí encontrar la manera de que se quedara a mi lado.

Me estoy haciendo una maestra en el arte de llorar en silencio, de emitir sollozos callados que se pegan a mi piel y me desgarran.

Tengo ganas de gritar, de llorar, de destrozar y de destrozarme.

Pero sh… todo en silencio, las paredes de mi recámara son delgadas, los demás podrían escucharme.

La vida en la corte es ajetreada: fiestas, trabajos, acontecimientos… pero lo agradezco, apenas me deja tiempo para pensar, para recordar todo lo que una vez tuve y ya no tengo.

Después me siento vacía, insoportablemente hueca.

Pero no importa, compartes un poco de tristeza con la soledad y al día siguiente la máscara de siempre.

Una máscara que cada día amenaza más con pegarse a tu rostro y no despegarse nunca.

No puedo olvidarle, la huella de sus manos en mi espalda, el camino de escalofríos a través de mi cuerpo.

¿Cómo voy a seguir sin él?

Estoy cansada amiga mía, hoy le echo de menos y echo de menos tu hombro para poder llorarle, llorarme.

 Si, llorarme a mí, llorar a la sombra de mujer en la que me he convertido desde que no está.

Espero que estés bien amiga mía, ojalá sepa de ti pronto.

 

 

Acrishan tenía la mirada ausente y algo preocupada cuando terminó de leer la carta de su amiga.

Estaba en la isla del lago, acomodada entre las raíces del árbol madre y sus dedos de su mano derecha jugueteaban con una pluma.

Suspiró, cerró los ojos y pidió en silencio que sus humildes palabras llevaran un poco de consuelo a su amiga.

Me alegro de saber de ti dulce muchacha, pequeña arpista, aún cuando por las cosas que me cuentas pudieras estar mejor.

No te preocupes por el tiempo que pasa sin que sepamos nada la una de la otra, comprendo tus obligaciones y lo ajetreado de tu vida y acepto mi responsabilidad por no sentarme todo lo a menudo que debería, pluma y papel en mano, para escribirte con letra sencilla lo mucho que significas para mí.

No estés triste Cairine, no te atormentes.

Sé que pensaras que es muy fácil decirlo cuando una no lo está sufriendo, pero tienes que prometerme que al menos  vas a intentarlo.

Me duelen tus sollozos ahogados, y las lágrimas que abren caminos húmedos a través de tus mejillas. Me duele tu llanto callado, porque sé lo doloroso que es el no poder permitirte siquiera ponerle voz a tu tristeza.

 
Acerca de ese hombre… ¿qué puedo decirte? Que todas las cosas suceden por una razón y que si ya no estáis juntos, es posible que sea porque vuestra felicidad tenéis que hallarla por caminos separados.

Sé que es cansado caminar sola, ponerle por ti misma color a cada paso, encontrar en tu interior esa voz que te susurre “¡adelante!”, pero está ahí, no lo dudes, si no la encuentras persiste, sigue buscando.

Y mientras, entre que tú la buscas y ella se decide a aparecer –y siempre que tú quieras, aún cuando la hayas encontrado- voy a ser yo esa vocecilla valiente.

Y voy a susurrarte con voz segura que todo va a ir bien, que puedes creerme, que todo va a mejorar.

Porque, también consiste en eso el amor y la amistad, en tener fe por nuestros seres amados cuando ellos la han perdido, en convertirnos en murmullos de aliento que los animen a seguir.

Me hablas de la vida en la corte… siempre huí de esos menesteres.

Sabes que soy un tanto solitaria, pero siempre he preferido estar sola y verdaderamente estar, antes que sumergirme en una multitud cuyo ruido me impide incluso escucharme.

No hay peor manera de estar solo que estarlo en medio de un montón de gente.

Ay Cairine, ojalá pudiera hacer algo más amiga, ojalá pudiera decirte cómo se borran de  tu cuerpo la huellas de alguien a quien quisiste, o como se destierra de tu corazón el recuerdo de un ser amado.

 Sospecho que ni lo uno ni lo otro llegan a conseguirse del todo.

Pero quiero que escuches lo que te digo: no te lamentes por lo que un día te hizo sonreír.

El tiempo atenuará la intensidad del recuerdo de esas caricias y otras manos pintarán otras nuevas y tu corazón… él, si verdaderamente amó, no conoce el destierro.

Se quedará con lo más hermoso de lo que experimentó y dejará ir a lo demás, el tuyo es un corazón bueno muchacha, él sabe de perdón y de recuerdos que una vez aliviado el dolor, te harán sonreír con nostalgia.

 ¡Por cierto, nada de llorarte pequeña arpista! 

¿Dónde se ha visto que un ser lleno de luz como tú vaya llorando por los rincones?

Tienes un espíritu generoso y mucho que ofrecer a los demás: he visto a gente iluminada por el poder de una sonrisa tuya.

Así que ya sabes, desde aquí te pido una de esas sonrisas tuyas tan bonitas, porque aunque estoy bien a todos nos viene bien estar algo más iluminados.

La distancia me impide limpiar las lágrimas de tu rostro, pero no hacer todo lo posible para impedir que la tristeza quede colgando de tus pestañas: te envío desde aquí todo el cariño del mundo, cierra los ojos, siénteme y créeme cuando te digo, que todo va a ir bien.

 
Cuídate pequeña arpista, hasta pronto amiga.

Published in: on 21 febrero 2010 at 14:47  Dejar un comentario  

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