Cartas de Ónar I

[Conjunto de dos cartas privadas que Ónar le entrega a Alaine tras leer sin permiso un cuaderno de esta.]

Alaine atravesaba el pueblo con paso ligero, la luz del atardecer que moría y la vergüenza pisándole los talones.

¡Había sido una condenada estúpida!

¿Cómo podía haber olvidado su cuaderno en la habitación de Ónar?

Cerró los ojos y elevó una petición silenciosa para que el guerrero no hubiera notado ese pequeño librito de cuero sobre su mesa. Un librito donde la muchacha había recogido tantas historias, tantos pensamientos y tantas verdades sobre sí misma.

O sí lo había hecho, que se hubiera comportado como un caballero y no lo hubiera leído.

A Alaine le asaltó un recuerdo que consiguió que le temblaran las manos y la hizo caminar más deprisa: Ónar no era exactamente un caballero.

Llegó a la puerta de la casa donde se alojaba el guerrero y llamó tratando de controlar su impaciencia.

Él abrió y tan pronto la reconoció le tendió el librito de cuero que llevaba en su mano derecha.

-Iba a llevártelo ahora.  

-¿Lo has leído? –preguntó ella, intentando en vano que la mortificación que sentía no inundase su voz.

Él asintió, mirándola, sabiendo que era mucho más fácil decir que no para que ella se marchase sin creerlo    -pero eso sí, mucho más tranquila- y que con el tiempo lograse convencerse a sí misma de que él le había dicho la verdad.

Para que se alejase como siempre acababa por hacer la luz en su vida.

Ónar apartó la mirada, no por vergüenza, sino por el asalto del recuerdo de su querida Isabel, de las últimas palabras que le dirigió antes de que la muerte se la arrebatara “tú siempre dijiste que eras un hombre oscuro, que había algo siniestro en ti… en cambio a mí siempre me trajiste luz, prométeme que volverás a amar Ónar”. 

-No tenías derecho-masculló ella, arrebatándole el libro de las manos.

Sentía tanta impotencia que hubiera deseado gritarle, indignarse y no volver a verlo. Y más que cualquiera de esas tres cosas, habría deseado no sentir lo que la había llevado a escribir sobre él en ese cuaderno.

El hombre la miraba en silencio, dejó sus recuerdos a un lado y dio un paso más hacia ella sacando algo del bolsillo de su abrigo.

-No, no tenía derecho, pero lo leí, quizás esto lo compense en parte –le dijo mientras le entregaba un paquete de cartas, ordenadas y atadas con una fina cinta de raso granate.

La miró, hizo una breve inclinación de respeto y cerró la puerta antes de que Alaine pudiera decir nada.

Published in: on 22 febrero 2010 at 16:33  Dejar un comentario  

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