Conversación entre Ónar y Phibeas

[Situación situada poco antes de la partida de Ónar y Portas a la primera batalla, Phibeas es una vieja amiga de Ónar, en este fragmento se explica su relación con él. Llega al Valle en el escuadrón que van a buscarlos.]

 
Phibeas observaba el cielo despejado, tumbada sobre la hierba, con el guerrero a su lado. Los dos en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

Al poco la mujer rió, haciendo que Ónar que descansaba sobre su pecho levantara la vista extrañado.

-¿No te encantan las conversaciones increíblemente profundas que tenemos? –le preguntó al guerrero con un guiño.

Ónar sonrió brevemente, abandonando su estado de apatía.

-Aquí estamos los dos, rumiando como troles en voz baja… sin preguntarnos nada, sin buscar consejo ni consuelo –Phibeas suspiró divertida y estoica- siempre hemos sido algo extraños ¿no?

El hombre asintió, dejando translucir en sus ojos grises algo del profundo cariño que le inspiraba aquella mujer. 

-pero te equivocas en una cosa, si que buscamos consuelo y también lo encontramos –respondió él- al fin y al cabo no tenemos necesidad de pedirnos consejo, ni de preguntarnos, porque sabemos cuáles son nuestros problemas y lo que tendríamos que hacer para resolverlos, y el consuelo… no hay más consuelo que este, simplemente estar, dos lobos solitarios que se recuestan juntos en una tarde tranquila a recuperar fuerzas para la batalla.

Phibeas le dedicó una sonrisa brillante y le estampó un sonoro beso en la mejilla.

-siempre has sido un lobo monísimo…-le confesó risueña, intentando colocar en orden los largos cabellos negros del hombre.

Ónar alzó una ceja y no pudo evitar reír.

-conozco a mucha gente que no diría lo mismo…

-ya pobrecitos, yo también conozco a mucha gente con problemas en la vista.

El guerrero sonrió y negó con la cabeza, ella no tenía remedio y a él siempre le había encantado que no lo tuviera. 

-hay poca gente que nos conozca así…- afirmó él.

-… como los niños que nunca debimos dejar de ser –terminó Phibeas. 

El hombre se incorporó y le pasó un protector brazo sobre los hombros, atrayéndola a su pecho.

-¿cómo te trata ese muchacho?

Phibeas lo miró divertida, una elegante y oscura ceja alzada.

-Muchacho… es mayor que tú, lo sabes ¿no?

Ónar la miró, ciñéndola contra sí con algo más de fuerza, escrutándola con sus ojos grises.

-ya me entiendes.

Phibeas sonrió sin ganas, sintiendo que podría ceder al cansancio entre los poderosos brazos de aquel querido amigo, claro que entendía…

Finalmente se encogió de hombros y respondió.

-Muy bien, realmente muy bien…-Ónar la miró preocupado, los ojos de la mujer estaban velados de tristeza.

 -cualquiera lo diría… -murmuró él.

Ella rió bajito, cuánta falta le hacían aquellos amigos, aquellos pedacitos de su alma que andaban dispersos por el mundo.

Phibeas lo miró, ahogando un suspiro.

-tú también sabes a lo que me refiero, él… él me ama, se desvive por mí, me cuida, me protege y me comprende cómo ningún hombre antes lo había hecho… pero…-la mujer alzó las manos apenada, las palabras ahogadas en los profundos lagos del cariño.

-Pero no es él-sentenció el guerrero.

Ella sonrió triste y negó lentamente con la cabeza.

-a veces creo que soy la peor mujer de todos los reinos, por tener a un hombre como él a mi lado y no ser capaz… no… ojalá pudiera amarlo de la forma que él me ama, -Phibeas tensó la mandíbula, enfadada consigo misma- algunos días pienso que debería dejarlo, dejar de ser una condenada egoísta, una cobarde y aceptar a la soledad. Pero entonces él se acerca, me consuela, me dice que todo va a ir bien y… no puedo… simplemente no puedo.

Ónar la abrazó con fuerza, consciente de que poco podía hacer él para aliviar el dilema de su amiga.

-y otros días, cuando las campañas nos permiten descansar y hablar, a veces lo oigo y pienso si no sería posible que fuera él… ¿Cómo se sabe? ¿Dónde está la certeza?

El hombre la miró, el gesto serio, su mente volando lejos, a otro cuerpo, a otra alma.

-En el corazón, ahí está la certeza. No hay explicación, no hay juegos de seducción ni personas más o menos apropiadas, simplemente amor. Tanto si lo quieres como si no, un día tomas consciencia de que está ahí y que no tiene pensamiento de irse a ninguna parte… y te das cuenta de que nada volverá a ser lo que solía.

Phibeas salió del refugio que suponía el pecho del hombre y enfrentó su mirada.

-lo que tienes con esa muchacha, la que me crucé al entrar al valle, ¿es amor Ónar?

El hombre la miró algo sorprendido, Phibeas era de suponer mucho –y por lo general bastante bien- pero rara vez ponía voz a sus dudas. Quizás era por la profunda amistad que la había unido a Isabel que ahora quería saber si otra la había sustituido en su corazón.

-basta –dijo la mujer.

Él la miró confuso.

-No sigas por ahí, no quiero saciar mi curiosidad y muchísimo menos hacer juicio alguno –continuó.

-¿Cómo sabias…?

Ella le ofreció una sonrisa sesgada.

-se podía leer en tu rostro – le informó- Ónar, escúchame, quería mucho a Isabel, crecí a su lado y nos unía toda una infancia de vivencias compartidas, pero ella murió hace casi veinte años…

Ónar iba a abrir la boca pero ella le interrumpió.

-sé que no la has olvidado, sé que siempre será parte de ti porque a mí me sucede lo mismo. Pero eso no quiere decir que tu corazón no sea lo suficientemente grande como para amar de nuevo y albergar el recuerdo de un amor pasado.

El rostro del hombre había quedado en sombras, el contraste de luces resaltando los planos de su cara y los rasgos angulosos.  

-sabes… ella me hizo prometer algo antes de morir –murmuró Phibeas.

Ónar la miró sorprendido.

-sí, sé que a ti también –dijo, encogiéndose brevemente  de hombros como disculpa- pero era necesario que yo conociera tu promesa para poder aceptar la mía.

La mujer llevó sus dedos al mentón del hombre y lo alzó en un gesto suave, encontrando sus ojos grises.

-tú le prometiste que volverías a amar, yo le prometí que si aparecía la mujer adecuada, me encargaría de que cumplieras tu promesa.

Ónar la miró indignado, echando fuego por los ojos claros y se apartó de su contacto furioso.

-¿quién diablos pensabais que erais mocosas para decidir acerca de mi vida? ¡¿Quién eras tú para prometerle eso?!

Phibeas endureció el gesto, fría la mirada, dolida por el comportamiento de él.

-tú lo has dicho, éramos dos mocosas, una que se moría atormentada por abandonar para siempre al amor de su vida y otra que veía morir a una hermana, otra que no era más que una muchacha asustada que no dejaba de preguntarse qué iba a hacer cuando Isabel no estuviera.

Ónar se levantó dispuesto a marcharse y Phibeas se puso en pie, reteniéndolo por un brazo para impedírselo. Furiosa lo enfrentó.

-Escúchame bien Ónar Bladenoir, escúchame y no se te ocurra equivocarte. No vas a darme la espalda y vas a dejarme aquí hablando sola, no sabía mucho de mí por aquel entonces, no era más que una niña que deseaba darle paz a una amiga que se encontraba a destiempo con el fin de su camino, pero ten por seguro que si sé un par de cosas sobre mí ahora.
Durante años he luchado a tu lado, hombro con hombro, he tratado de ser una mujer noble, digna de tu respeto, para llegado este momento, saber que había hecho todo lo que estaba en mi mano para ser alguien que pudiera mirarte a los ojos, de igual a igual y poder cumplir mi promesa.

El hombre la miró, agitado, arrepentido de las palabras que acaba de espetarle  y que casi le rozaban aún los labios; escociéndole en el pecho la conocida quemazón que todos aquellos recuerdos le causaban.

-Respóndeme Ónar, ¿La amas?

-¡No es más que una niña! Está prácticamente prometida a Portas, él la ama desde siempre y le dará un futuro seguro, sin penurias, sin altibajos…

-sin amor –le interrumpió ella- no quiero que me digas todas las razones por lo que esto no es conveniente, por las que te gustaría que no hubiera ocurrido… simplemente quiero oír de tus labios lo que hace rato me han confesado tus ojos.

La voz de la mujer era serena, recordándole al hombre que aquella guerrera hacía mucho que había dejado de ser una niña. Recordándole que podría engañar a muchos pero no a ella.

Ónar la miró finalmente a los ojos.

-Lo cierto es que esa mujer se me ha metido más adentro de lo que me gustaría…-dijo, la voz  algo ronca- y lo que más me preocupa es que el tiempo en el que soy capaz de convencerme a mi mismo de lo contrario se reduce con endiablada velocidad.

Phibeas lo miró, los ojos oscuros brillantes en un torbellino de emociones, se acercó a él y lo abrazó. Ónar algo confuso reaccionó y le devolvió el abrazo.

Phibeas recorrió el áspero mentón del guerrero con el dorso de sus dedos, tenía la voz algo ahogada y sus ojos comenzaban a verse de un color aguamarina.

-sabes que nunca he sido demasiado religiosa, pero… hace mucho que pido por esto, los guerreros no debemos caminar solos amigo mío. Quizás los demás no lo sepan, o no puedan entenderlo: ellos pueden encontrar solaz entre los muslos de cualquier mujer, ellas cabalgando a cualquier hombre… pero no nosotros. Agradezco a quienquiera que me escuchara, el haber puesto en tu camino a una muchacha digna de ser tu compañera, capaz de comprender y sentir las cosas con la profundidad que tú las sientes.

-Hay tantos problemas…-murmuró él, sintiendo que se doblaba bajo el peso de la realidad.

Phibeas lo miró, los ojos súbitamente alegres, llenos de conmovedora fuerza. Le cogió las manos y le habló.

-todo va a salir bien, yo voy a ayudarte, y en lo que a ti respecta, espero que pongas de tu parte porque no tengo intención de que sea esta la primera vez que falto a mi palabra–le dijo con un guiño.

Ónar la atrajo contra sí, conmovido, inconsciente hasta ese momento de lo importante que era para él recibir el apoyo de Phibeas.

-Es una locura –le confesó a la mujer.

Ella rió.

-¿Locura? Locura fue prometer aquello a Isabel, me aterrabas a muerte por aquel entonces.

Ónar la miró extrañado.

-oh vamos, borra esa expresión, yo era apenas una muchachita y tú tenías diez años más que yo, te veía como alguien grande y aterrador, con esa voz fuerte y esos modos autoritarios.

El hombre rió.

-para tenerme miedo siempre fuiste bastante insolente.

La mujer adoptó una expresión pícara.

-Querías alejar de mí a mi hermana mayor, si te la ibas a llevar tenía que estar segura de que merecías la pena.

Ónar sonrió.

-¿así que la jugada que me hiciste en el estanque fue para ver si merecía la pena? –preguntó socarrón, observando complacido como a pesar de los años, aquel recuerdo aún era capaz de ruborizarla.

A pesar del sonrojo Phibeas soltó una jovial carcajada.

-No, en realidad fue para verte desnudo y terminar de convencer a Isabel, por aquel entonces yo ya sabía que merecías la pena –terminó riendo a carcajadas de la cara de estupefacción del hombre.

-Será posible… -terminó negando con la cabeza incrédulo.

-umm… me preguntó si tendré que hacer de nuevo algo similar para convencer a la muchachita del valle… -reflexionó Phibeas pensativa mientras se ponía en pie con habilidad para evitar los brazos de Ónar.

-Si se te ocurre hacerme algo así otra vez, te pescaré y no me va importar en absoluto que tu hombre sea el mismísimo general, te voy a dar la azotaina que te has estado ganando a pulso durante todos estos años –amenazó, también en pie, intentando cortarle las vías de escape a la mujer. 

Phibeas le dedico una mirada desafiante, la sonrisa brillante destacando la belleza de su rostro.

-tsk… tú lo has dicho, primero vas a tener que pescarme… y lamento decírtelo amigo, pero temo que hayas perdido forma, esa barriguita no estaba antes… -le dijo antes de salir corriendo como un rayo montaña abajo.

Ónar la siguió a toda velocidad, sintiéndose más joven de lo que se había sentido en mucho tiempo y frotándose las manos ante lo que le iba a hacer si atrapaba a aquella bribona.

Published in: on 3 marzo 2010 at 2:12  Dejar un comentario  

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