Constelaciones: Introducción

 

Acrishán sonrió sentada junto al pequeño Tim, se arrebujó en el abrigo negro de gruesa lana y le pasó al niño un brazo sobre los hombros: la noche aún era joven y se estaba bien allí, sobre aquella rama, tranquilos, en silencio y rodeados de estrellas.

Alzó la vista y no pudo evitar preguntarse cuántos seres habrían hecho ese mismo gesto: alzar el rostro y perder la mirada en el cielo, para sentirse infinitamente pequeños y  para observar cómo ellas titilaban a lo lejos, solemnes e imperturbables.

A la muchacha se le llenó de nostalgia la mirada,  le decía muchas cosas aquel cielo nocturno.

Le contaba historias de amores imposibles y de hombres ausentes, le hablaba de viejas promesas y de amistades capaces de vencer a la distancia y al tiempo.

De hombres y mujeres que habían brillado para ella cuando no había sido capaz de encontrar el camino y que aún cuando no los viera, sabía que seguían ahí, justo detrás de las nubes, para socorrerla cuando pasara la tormenta.

De constelaciones que habían acabado con historias propias y personales, entretejidas por corazones nobles para arrancarle sonrisas, cuidando así de ella sin estar, dándole cobijo en las noches en las que la amenazaban la tristeza y la soledad.

La muchacha sonrió de nuevo, esta no era una de esas noches.

Esa noche solo había trepado a aquel viejo árbol para regalarse a sí misma aquel momento de paz y para enseñarle a Tim algo más sobre las estrellas.

Sacó del bolsillo un papel grande doblado con cuidado y lo desplegó.

Sus dedos se pasearon por la superficie del planisferio celeste, siguiendo los contornos de los dibujos de las constelaciones. El que llevaba consigo era una reproducción de la obra que un cartógrafo holandés, Frederick de Wit, había realizado allá por el siglo diecisiete.

-Tim –murmuró, cuidando de que su voz no perturbara la quietud de la noche- échale un vistazo a esto.

El niño miró los dibujos con curiosidad, las figuras que se entrecruzaban en el gran mapa.

-¡Vaya! ¿Qué es? –preguntó en voz baja, siguiendo el ejemplo de su amiga.

-Es un planisferio celeste, es un mapa en el que la esfera celeste se representa en un plano. Esos dibujos simbolizan las distintas constelaciones.  

Tim sonrió y miró al cielo con rapidez, como si esperara  que se materializasen  de un momento a otro y ante sus ojos, aquellos dibujos de leones, toros y centauros.

Acrishán sonrió a su vez al verlo bajar la vista y mirarla dubitativo.

 -Pero esos dibujos no están en el cielo.

La mujer asintió.

-No, no como tales, ¿Sabes lo que son las constelaciones Tim?

El niño entornó la mirada.

-eh… sí, pero no pasa nada si me lo recuerdas –terminó con una sonrisa.

– Muchas civilizaciones han sugerido formas y figuras en el cielo para poder conocer la distribución que tienen las estrellas, -explicó Acrishán- esas formas fueron de animales, de seres mitológicos e incluso de objetos cotidianos y se las llamó constelaciones.

-lo que yo pensaba –afirmó Tim.

Acrishán rió y el chico le sonrió de vuelta.

-¿y les ponían los nombres así, porque querían? –preguntó.

La muchacha se encogió de hombros.

-Normalmente las constelaciones llevan historias que explican esos nombres.

Al niño se le iluminaron los ojos.

-¿Historias? ¿Y las conoces? –la interrogó, encantado ante un posible sesión de cuentos.

-Algunas sí, sobretodo de la tradición griega.

-¿Me las contarías? –dijo mirándola con sus grandes ojos verdes, todo él pura inocencia.

 Ella rió por lo bajo, aquel chiquillo tenía apenas siete años y era capaz de ablandar hasta a las piedras con sus miradas tiernas.

-Claro, te contaré las que conozco. Y las que no, si quieres podemos ir a la biblioteca de Ganrar y descubrirlas juntos –le contestó con cariño.

Tim asintió, contento y satisfecho.

– me cuentas… -comenzó a pedir el chico pero Acrishán lo interrumpió.

-No, ahora no, se hace tarde y tengo llevarte a casa.

El niño la miró con ojos tristes.

-nada –dijo ella divertida- no me mires así, mañana te contaré la primera –prometió con un guiño.

Tim suspiró, sabiendo que no iba a hacerla cambiar de opinión y asintió conforme.

-mañana entonces –repitió alegre, comenzando a descender junto a Acrishán el árbol al que habían trepado.

Published in: on 8 marzo 2010 at 1:57  Dejar un comentario  

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