Decisión y carta de despedida de Ónar

[Situada durante la marcha hacia la primera batalla,  tras una serie de sucesos Ónar toma una dolorosa decisión.]

Ónar se sentó en una la única silla que había en la tienda, con los codos apoyados en las rodillas dejó que su cabeza descansara entre sus manos.

Se sentía cansado, terriblemente cansado, la realidad se había convertido en un lastre demasiado pesado para llevarlo solo.

Cerró los ojos e imágenes fugaces de Alaine acudieron a su mente, sin que pudiera hacer nada por evitarlo, sin que quisiera hacerlo, sintiendo esa inmensa calidez que nacía en algún lugar de su alma cuando pensaba en ella.

Exhaló con fuerza el aire que había retenido sin percatarse y se pasó una mano por el pelo.

No podía quitarse de la cabeza la imagen de Portas con aquel antiguo y delgado trozo de tela entre las manos, ni olvidar la expresión de amor que había dominado por un instante sus facciones.

Portas había preferido ir al borde del abismo, antes que perder aquella cinta de color verde brillante, que había sujetado el pelo de Alaine cuando era una niña.

Ónar tenía una opresión extraña en el pecho, porque entendía al príncipe, entendía lo que suponía en aquel mundo corrompido el soplo de luz que era Alaine.

Un mundo corrompido, se repitió a si mismo sonriendo sin ganas, un mundo del que él sabía tanto como el que más.

Aquella misma mañana su pasado había ido a buscarlo, había tomado la forma de tres mercenarios y había salido a su encuentro cuchillo en mano.

No había pasado nada, a él al menos, esos hombres eran apenas cachorros y él se sentía un lobo viejo: los había neutralizado con eficacia y había dejado que los guardias del campamento se hicieran cargo de ellos.

Un escalofrío le recorrió la espalda al pensar en qué hubiera pasado si Alaine hubiera estado con él, si eso hubiera sido un viaje de placer y lo hubieran sorprendido con ella.

Nunca.

Nunca permitiría que nada malo le sucediese.

Aunque aquello significara alejarla de su lado.

Algo se oprimió en su pecho y emitió un poderoso rugido de protesta que consiguió que al guerrero le temblaran las manos.  

Quizás su corazón, que se había alzado en armas y que con un grito de guerra corría a luchar contra la determinación que se acaba de instalar en la mente del hombre.

Ónar sonrió sin sonreír, en su boca una mueca vacía y en sus ojos una mirada ausente: Portas era un hombre valiente, honorable, era un principie y un día haría princesa a Alaine… y lo más importante, la amaba.

Esa voz interior, desesperada y cada vez más lejana, le gritó si acaso no importaba lo que sintiera la muchacha.

El hombre negó con la cabeza, ella joven, inocente, no sabía a lo que estaba renunciando al no aceptar a Portas… y no sabía a lo que se encadenaba al quererle a él.

Ónar cogió del escritorio cercano la carta que había recibido de Alaine, la letra uniforme y femenina, las palabras llenas de curvas suaves, evocando sin quererlo a la mujer que las escribía.

Al lado se encontraba la carta que había escrito como respuesta, introducida en el sobre aún sin lacrar. Una carta en la que había vuelto a ser poeta… se dijo a si mismo, dedicándose una sonrisa llena de ironía.

Aquella era una carta que Alaine no llegaría a recibir. Ónar cogió un nuevo papel, pluma y tinta y comenzó a escribir.

 Hola muchacha,

No puedo dejar de notar la preocupación en tus cartas…. no lo hagas, no te preocupes, no me recuerdes… no te aferres a un momento, a un instante de fugaz locura que se ha convertido en el hilo invisible entre lo que sucedió y lo que nunca volverá a pasar.  

Esta es la última carta que te escribo, como respuesta a la cortesía y a los buenos deseos que me envías, pero no te responderé más. Te pido que no envíes más cartas y te advierto que me desharé de ellas tan pronto lleguen a mis manos.

Vive tu vida y olvídate de mí.

Ónar Bladenoir.

 

El hombre miró la carta, sorprendido ante lo poco que había tardado en redactarla.
La releyó para comprobar que sus palabras eran concisas y claras, que no dejaban lugar a dudas ni a dobles interpretaciones. En su mente se perfiló la imagen de una muchacha destrozada ante su indiferencia, pero el guerrero se apresuró a alejarla: aquello era lo mejor para todos.

Se lo repitió una y otra vez, hasta que sintió el aire de la tienda viciado y los ojos húmedos.

Si, era lo mejor y aún así… aún así le hormigueaban los dedos, con la pluma todavía entre ellos, deseos de escribir algo que fuera cierto.

 

Hola muchacha,

Tus palabras me alientan y tu preocupación me abriga como nada más podría hacerlo… eres la luz al final del camino, la tenue brisa sobre la frente del soldado herido, la que rozando su piel entumecida le muestra que aún está vivo, que aún hay esperanza.

Deberías obedecerme, deberías olvidar aquel segundo de una vida que no será ya más la nuestra y seguir adelante.

Deberías ser una mujer sensata y dejar de escribir a este militar lleno de lastres, de cicatrices y de un pasado que jamás se irá a ninguna parte, ni me dejará marchar a mí.

Pero, ¿sabes? Abrigo la esperanza de que no lo seas.

Y en la carta que te envío, junto con tinta, va grabado en cada una de mis palabras el temor de que me obedezcas.

Vive tu vida pequeña, pero recuérdame siempre.

Porque así cuando me encuentre con mi vieja amiga la descarnada, con su sonrisa socarrona y su guadaña de mano, en un último guiño podré decirle que habité el lugar más hermoso que un hombre podría imaginar: el corazón de la mujer amada.

 E iré tranquilo, en los labios una sonrisa tenue y el alma erguida, como todos los que saben que han ganado la inmortalidad en el corazón de los seres amados.

Cuídate muchacha, te quiero.

Ónar Bladenoir.

 

Al guerrero no le había cambiado el gesto, pero  tuvo que darse cuenta al firmar la última carta, de que estaba llorando.  

Se puso en pie y dejó sobre la mesa ese papel que nunca saldría de allí.

 Guardó entonces a la par la pluma, el corazón y la tinta en uno de los cajones del escritorio: no tenía pensado usarlos en mucho, mucho tiempo.

Published in: on 12 marzo 2010 at 2:09  Dejar un comentario  
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