Al cobijo de un roble

 

[Uno de los primeros momentos que Alaine pasa con Ónar, situado antes de la escena de las cartas. La mujer reflexiona antes de la primera batalla y ambos se encuentran.]

La mujer se sentó en el interior del árbol.

Se había pasado todo el día lloviznando y el campo a su alrededor exudaba vida. El roble que la rodeaba crujía, como si la saludara o como si se quejara ante los frecuentes cambios de tiempo, que hacían que el frío se le metiera hasta las raíces.

Los labios de Alaine esbozaron una mueca vacía, el eco de lo que debería haber sido una sonrisa y la mujer acarició de forma ausente el arma que tenía entre los dedos.

Rían le había regalado aquel estoque cuando cumplió nueve años y se había encargado de que supiera utilizarlo. Ahora una vez más su hermano marchaba a la guerra y ella a pesar del tiempo volvía a ser una niña. Porque igual que entonces veía al guerrero partir y ella se quedaba segura en casa, sujetando su arma liviana y afilada, donde no podría morir, ni tampoco serle útil a nadie.

Los escalofríos la estremecieron, deslizándose por su espalda, como las gotas de lluvia que al caer acariciaban la corteza del viejo roble.

Como las lágrimas que al deslizarse, abrían surcos húmedos en sus mejillas.

Era una cobarde, una maldita cobarde y se despreciaba por ello.

Debería haber seguido entrenando y no haberse conformado con las clases que le impartía su hermano en la sala de armas: ella sabía que había mujeres en los ejércitos, que las había que luchaban empuñando una espada o ayudando a los heridos.

Alaine ahogó el sollozo que luchaba por escapar de su garganta, un sonido infinitamente triste, hecho de jirones de miedo, de aceptación y de impotencia.

Porque aunque no hubiera tenido la condición física necesaria para acompañarlos en el combate, ella sabía mucho de plantas, de remedios naturales y habría podido ayudar como enfermera.

Se mordió los labios para no hacer ruido: el bosque era un lugar en el que las noticias volaban y no quería que nadie la oyera llorar.

Las palabras de su hermano retumbaron en su cabeza.

“no sabes lo que estás diciendo –le espetó furioso, mientras se giraba hacia ella- en el campo de batalla los mutilados y los moribundos no van a esperar pacientemente su turno, van a gritar, como si gritando pudieran alejar el dolor que les desgarra, hasta que el aire se llene de hedor y de miedo, del olor de la carne humana que se pudre, hasta que se te destrocen los nervios y creas que vas a volverte loca. –el conde se detuvo, el estertor de lo que había dicho flotando en el aire- y los verás morir, sin que puedas hacer nada para evitarlo, expirarán en tus brazos y sentirás una vergüenza que se extiende infinita desde el corazón hasta las manos que sujetan a ese ser que se apaga en agonía, por pertenecer a una raza en la que se considera normal que nos hagamos esto.”

 Rían había bajado la voz y la mirada y se había marchado de la habitación en la que estaban, antes de que su hermana pudiera responderle.

Y en ese momento Alaine lo odió, por hacerla sentir pequeña e insignificante, carente de cualquier experiencia, por sabotearla de aquel modo y hacerla dudar de su propia fuerza.    

-¿qué haces ahí muchacha? –le preguntó una voz, arrancándola de sus pensamientos y consiguiendo que se sobresaltara.

Un escalofrío le recorrió la espalda como un latigazo al escuchar la voz de aquel guerrero del norte. Alaine se enjuagó con rapidez las lágrimas y se aclaró la garganta.

-me cobijo de la lluvia –explicó ella como si fuera obvio.

Y cuando las palabras salieron de su boca pudo adivinar la sonrisa que nacía en los labios de él: fuera había parado de llover e incluso el sol parecía despuntar un poco.

-Ajá- asintió él, ocultando su diversión- entonces supongo que yo también debería cobijarme, no es una buena idea que me quede aquí parado con este tiempo ¿no crees? –preguntó mientras se acercaba a ella y ocupaba el poco sitio que quedaba libre a su lado, en el hueco del viejo roble.

Alaine tuvo ganas de pegarle.

Pero no lo hizo y se quedó en silencio, haciendo caso omiso a la presencia de aquel hombre a su lado.

-¿Por qué haces esto? Es obvio que no está lloviendo –preguntó ella al poco.

El guerrero se encogió de hombros y sonrió algo ausente.

-porque va a llover –argumentó- y prefiero que la lluvia me sorprenda aquí que de camino al campamento.

Ella lo miró, sabiendo que lo que decía era cierto: la temperatura había descendido, el sol se ocultaba por momentos y la humedad se sentía en el aire.

Las gotas comenzaron a caer respaldando la afirmación del guerrero.

El silencio se dejó caer poco a poco en el hueco del roble y era curioso, porque era un silencio tranquilo, de esos que nacen entre las personas que a base de conocerse, consiguen que entre ellos sobren las palabras. 

Pero ella no conocía a aquel hombre, apenas lo había visto de pasada y si hubiera sido cualquier otro, le habría dicho que se buscara su propio árbol.

-¿por qué llorabas muchacha? –preguntó de pronto el guerrero, rasgando el silencio y la calma.

-No lloraba –respondió ella, con tanta rapidez que hasta a sus oídos les sonaron falsas esas palabras.

Ónar no la contradijo, tampoco entendía demasiado bien qué le había impulsado a preguntarle nada: no se necesitaba ser especialmente listo para darse cuenta de que cuando uno va a llorar al interior de un árbol en mitad del bosque, no tiene mucho interés en que los demás sepan que está triste.

Quizás algo le decía que si le preguntaba, podría aliviar la pena de la muchacha.

-¿Sientes miedo cuando vas a luchar? –preguntó entonces ella.

El hombre la miró, pensando en la respuesta.

-Es… es una mezcla entre expectación, aceptación y adrenalina –trató de explicarle- no sé si podría llamarle miedo, para mí el miedo es… o fue algo muy distinto.

Ella frunció levemente el ceño.

-¿fue? –Repitió, ligeramente divertida e incrédula- ¿acaso ya no tienes miedo?

En el gesto de él se dibujó una sonrisa inescrutable, cansada, de repente la diferencia de edad entre ellos se hizo palpable en el escaso espacio del hueco del roble.

-No, ahora le tengo respeto a muchas cosas, pero no le tengo miedo a nada. –respondió él, su voz lejana- y tú muchacha ¿tienes miedo?

Alaine lo miró, con el deseo de tocarlo hormigueándole en los dedos. Un sentimiento que acababa de sorprenderla de frente, como quien va corriendo y se choca contra un muro: porque antes estaba sin estar, porque no había nacido en su pecho y sin embargo estaba ahí.

Y ahora se agitaba en su cuerpo como un ser que se desperezase, alejando de si al tiempo y a la distancia. Llenándole el corazón de luz y el gesto de ternura. 

La mujer lo miró y asintió, si, tenía miedo.

Ónar se acercó entonces a ella y le pasó un brazo por los hombros, atrayéndola hacia él.

Alaine se quedó en silencio, sintiendo ese brazo protector que la cobijaba. En ese instante el resto del mundo se difuminó, se hizo eco del silencio de sus propios labios y se redujo a aquella imagen tierna y extraña.

La de un hombre y una mujer abrazados, escuchando el repiqueteo de la lluvia en el interior de un roble, un espacio privado, pequeño e infinito, en el que todos los miedos de Alaine habían sido expulsados de manera irrevocable.

Todos excepto uno, uno que acababa de aparecer y mendigaba atención a la sombra del corazón de la muchacha: El miedo que tenía por él.

El que había sentido al escuchar sus palabras, porque alguien que no tenía miedo a nada, tampoco tenía esperanza.

Alaine se acercó un poco más al guerrero y un pensamiento fugitivo pasó veloz ante sus ojos, perseguido por un deseo y una pregunta.

El deseo se quedó junto a ella, silencioso observador de su mejilla apoyada en el pecho de Ónar y la pregunta se dejó ver con claridad en su mente un instante antes de desaparecer.

Alaine hubiera preferido ignorarla y al cerrar los ojos, no haber tenido que escuchar su eco.

 Pero ese “¿Acaso podría yo devolverle la esperanza?” se quedó con ella un poco más, hasta que un crujido del roble que los rodeaba quebró el aire y vació su mente, dejándola finalmente a solas con el guerrero del norte.

Published in: on 24 marzo 2010 at 23:29  Dejar un comentario  
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