Un paseo más en primavera

 

Del día de hoy me quedo con una decena de mariposas blancas.

Con dos de color rojizo.

Con la vida que nace arrasadora en cada zanja, en cada hueco, en cada grieta.

Con la rama de un garrofero que se asemeja a la mano extendida de un viejo amigo y que hace que antes de que  me dé cuenta, mis manos corran a estrecharla.

Un amigo que me dice en silencio que es un placer verme mientras yo acaricio su corteza rugosa, con la mirada húmeda, el corazón pleno y un “Siento no venir más a menudo” en la mirada.

Me despido de él y voy a buscar a otro garrofero, esta vez una vieja conocida.

Nunca me he orientado demasiado bien, me digo con una sonrisa ausente al recorrer el sendero y no ver ni rastro de ella.

Cierro los ojos, suspiro, “me apetece verte” le dicen mis labios callados en la quietud del bosque. “Por favor, dime como llegar hasta ti” le pido.

Los abro y entonces veo un paso estrecho entre los pinos y una bajada acentuada y breve, que hace que el tiempo retroceda varios años atrás.

Cuando estaba aquí con ellas y con él.

No olvidaré las palabras de ese hombre cuando vi aquel árbol imponente y algo ajado, con el tronco abierto.

“los árboles que se presentan así ante nosotros son seres de gran sabiduría, en el interior de su tronco contienen muchas respuestas y muchos secretos… para quien es capaz de escucharlos”

En aquel momento asentí, ahora empiezo a comprender.

Sacudo levemente mi cabeza, al lado de aquel árbol no parece haber nadie más, pero sé que eso no es cierto: el aire está lleno de su presencia, mi memoria de sus palabras y mi corazón de su recuerdo.

Cuando finalmente llego a ella la saludo y le doy con humildad las gracias.  

En una mano llevo un guante, en la otra una bolsa de basura. Pronto veo la manera de mostrarle mi agradecimiento.

Recojo las botellas y las latas vacías que la cercan, me siento profundamente avergonzada y no puedo dejar de disculparme. En su corteza han grabado nombres, ya no solo rayando la capa superficial sino arrancando trozos enteros de la misma.

Incluyo han tallado una esvástica.

Y mis ojos se encienden, llenos de vergüenza y de rabia.

¿Cómo se atreven?

¡Cómo, maldita sea!

¿Y por qué?

¿Por qué?… no puedo dejar de preguntarme.

¿Qué les hiciste tú, sabio garrofero?

Aparte de cobijarlos y alejar su hambre cuando te lo permitieron.

Mis dedos recorren las marcas, con el cuidado con el que una madre cuidaría las desolladuras de su hijo.

-Lo siento, lo siento tanto –le digo de nuevo y al oír pasos a lo lejos, el instinto me lleva a ocultarme.

Los pasos se marchan, las voces se apagan.

A mi lado en el tronco se pasea una araña.

Se hace tarde y tengo que marcharme, me despido de ella y le digo que volveré pronto.

De hoy me quedo con las conversaciones con dos garroferos, con doce mariposas blancas y dos rojas y con la sensación de libertad que siempre me invade, cuando termino de atarme las botas.

 Acrishán.

Published in: on 31 marzo 2010 at 20:49  Dejar un comentario  
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