Bajo un árbol, bajo mi propia sombra

 

Cerré los ojos, concentrada en mi respiración pausada, en cómo mi corazón bombeaba sangre a través de mi cuerpo.

Sentía que había aprendido muchas cosas en muy poco tiempo.

Y sabía que aún quedaban asuntos por resolver.

Abrí los ojos y perdí la mirada en las siluetas de los árboles que se recortaban a lo lejos contra el cielo plomizo.

 La primavera parecía haber hecho un aparte y el tiempo y mi propia vida habían decidido imitarla.

Y allí estaba yo, con la tierra pulsando bajo mis pies descalzos, pidiendo desde mis labios callados que vinieran a mí las respuestas que tanto ansiaba.

Agazapados en mi pecho, el temor de que no fuera capaz de escucharlas me observaba en silencio, a su lado descansaba el miedo al cambio, a romper con lo establecido, con las imágenes que cada uno ha construido de sí mismo sin escucharse, sin tenerse en cuenta, amordazando al corazón y decidiendo con la cabeza.

Junto a ellos otros temores, muchas razones y otros tantos motivos.

Y en el centro, como un estandarte, un corazón que ya lucía cicatrices hechas de tiempo no vivido.

Lo miré triste, con un “lo siento” en la mirada y él me miró de vuelta, con el gesto lleno de amor y de coraje.

“Ven, mírame, descúbrete. Y una vez que lo hayas hecho, no permitas que nadie te haga olvidar quién eres. Nadie, ni la sociedad, ni los compañeros, ni tus padres… ni tú misma muchacha, no te permitas olvidarte.”

Y las lágrimas se deslizan furtivas mejillas abajo, porque he estado a punto de olvidarte.

De olvidarme.

A pesar de que voces sabias me advirtieron en su momento que no lo hiciera.

Pero ahora estoy aquí, sentada frente a ti, decidida a escuchar todas tus verdades si aún quieres compartirlas. Y espero que aún quieras, porque no voy a irme a ninguna parte sin ellas.

No quiero más estados de apatía, no quiero más miradas vacías desde el otro lado del espejo, no quiero corazón que la amargura te rodee, te envenene y te atenace cual coraza, no quiero que luzcas en tu pecho más cicatrices por los momentos que no fui capaz de darte.

Mi única responsabilidad es para contigo. Y que me llamen loca, romántica. Quiero poder decirles que estoy viva y que al mirarlos  a los ojos los míos les rebatan si ellos me pueden decir lo mismo.  

Quizás me equivoque, pero al mirarte solo puedo pensar que de mí eres lo más bello y si yo no te escucho a ti ¿Entonces quién habrá de hacerlo?

¿Quién vivirá por mí mis días? ¿Quién cumplirá mis sueños?

No me engaño, no será fácil, siempre me hicieron ver que en este mundo no había lugar para ellos.

Pero me mentían, porque si hay lugar, es más, ellos ya están aquí, en mi corazón, al cobijo de mi pecho, ellos ya existen y soy yo la que ha de descubrirlos y después luchar para hacerlos ciertos.

Así puede que mis pasos no recorran un camino de rosas, pero habrá camino y sin duda habrá flores y belleza.

De otra forma me temo que acudiré a un final anunciado, a la despedida de otro ser que se apaga en la cuneta de otro camino sin alma, de otra carretera de asfalto.

Alguien que en un último atisbo de lucidez me mira y antes de marcharse me dice, que él tenía mucho que ofrecer, que guardaba en su interior mucho que compartir con los demás, pero que la ocasión y la manera no logró encontrarlos.

No, quizás esté confusa y tenga dudas, pero sé que no quiero eso.

Ni para mí, ni para nadie.  

Y ahora tú me miras corazón, con tu gesto lleno de amor y de coraje y me dices que luche y que sea fuerte, que escuche, que llegarán a mí las respuestas.

 Y yo, descalza en mi tarde de primavera plomiza, te devuelvo la mirada, asiento y al despedirme me dirijo a ti en silencio.

“Está bien amigo mío, entonces estaré atenta”.

Published in: on 7 abril 2010 at 1:33  Comments (1)  
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  1. Wow, buen post. Acabo de descubrir este blog pero te seguiré de cerca…;)


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