Forasteros y problemas

Acrishán alzó el rostro, para sentir la caricia esquiva del viento de verano.

La había sorprendido la lluvia cuando remaba hacía la isla del lago y en ese momento, Alaine, el antiguo árbol que crecía en mitad de la pequeña isla, parecía mirarla divertida por lo empapado de su aspecto.

-No te rías, ya sé que parezco un pollito mojado…-murmuró Acrishán sonriendo suavemente, escurriéndose las ropas y el cabello.

Las ramas de su amiga parecieron crujir como respuesta.

La mujer miró sus pantalones de ante y las botas de cuero de caña alta. Suspiró y se encogió mentalmente de hombros mientras se desprendía de ellos: o los dejaba al sol o no estarían secos para cuando quisiera regresar y ella tenía cosas que hacer en el árbol.

Descalza, cubierta tan solo con el blusón blanco que le llegaba hasta casi la mitad de los muslos, Acrishán subió con agilidad por el tronco del árbol.

Alaine la observaba  trepar y al llegar a una de las ramas más altas, con unas vistas magníficas del Valle, finalmente, la humana acomodó su cuerpo mojado contra su antigua corteza y cerró los ojos pardos para llamarla.

-Hacía tiempo que no venías a visitarme muchacha –murmuró Alaine, con esa voz hecha de intuición, crujidos y silencios que no todo el mundo sabía o era capaz de escuchar.

-Lo sé, lo siento –se disculpó la guerrera.

-¿Problemas? –preguntó el árbol.

La mujer suspiró.

-si y no, como siempre en esta vida supongo. Las cosas podrían ir peor y desde luego, también podrían mejorar.

Alaine asintió.  

-¿Alguna cosa en particular? –preguntó inquisitiva, vieja conocedora de la escasa costumbre que tenía aquella humana de airear las cosas que le preocupaban.

La mujer suspiró de nuevo y acarició de forma distraída la corteza de su amiga mientras pensaba cómo plantear su pregunta.

-No sé qué hacer… hemos recibido un grupo de forasteros en el valle y…

-¿y…? –animó el árbol al ver que la mujer guardaba silencio.

-Es como si fueran ciegos –dijo Acrishán con tristeza- pero no con la ceguera que te impide ver el color y la forma de las cosas, sino con la que te venda los ojos del alma y te hace olvidar las cosas que son realmente importantes.
Con… con la que te incapacita para ver las situaciones tal y como son y te arrebata de ese modo el poder para enfrentarlas, la que te hace creer que eres la imagen de ti mismo que has construido y no el ser que suplica ser reconocido y amado en tu interior.

  Acrishán frunció levemente el ceño, sus labios convertidos en la fina línea que indicaba que si mirabas en sus ojos, podrías ver en ellos bailar a la preocupación.

Alaine la observó en silencio.

-veo cómo me miran, cómo me observan: el color de mi piel, mis rasgos… cómo me juzgan y en algunos casos cómo me condenan. Y sin que me haya hecho falta espiarlos sé que al retirarse cada noche hablan de su tierra ya no con nostalgia y amor, sino con sentido de la propiedad. Con la falta de respeto que conlleva el pensar que nacer en un lugar o en otro te hace mejor o peor ser humano.

-¿Y qué sientes?- preguntó el árbol.

-tristeza, rabia, impotencia… -respondió la guerrera- me gustaría explicarles que las cosas no son así, que somos diferentes pero que en nuestras diferencias hemos de encontrar riqueza y no conflictos. Qué… que dejen de fingir, de engañarse a si mismos, que tengan el valor de dejar atrás las máscaras y que se miren de una vez por todas a los ojos.

Alaine la miró, estudiando la tormenta de emociones que daba brillo a los ojos pardos.

-disecciona los problemas muchacha, no los ataques todos a la vez, tengo la sensación de que ese grupo de extranjeros es muy variopinto y necesita ser tratado con calma y por partes –le pidió con voz pausada.  

La guerrera asintió y reorganizó ideas en su cabeza, Alaine tenía razón, era mejor explicar las cosas con calma y desde el principio.

-Son dos hombres y una mujer, los tres miembros de una misma familia adinerada que hace no mucho se fue a la ruina. Vienen del sur y hace varios días que se acogieron a la hospitalidad del Valle.  

Alaine asintió.

-Desde el principio sentí… que había algo que estaba mal en ellos. En el bosque miraban a su alrededor con temor, con recelo, había odio y agresión en sus gestos, contra qué, no habría podido decírtelo.

Ahora sé que odian al destino. Que miran con despecho sus propias vidas, dejando que la soberbia les diga que ellos merecían algo mejor, que tuvieron mala suerte.

Acrishán se quedó un instante en silencio, odiar el presente y no hacerte responsable de tu propio mañana era una forma lenta y cruel de dejar que la infelicidad inundara tu vida.

-Renaud, el más joven de los hombres, se toma a risa todo lo que ha sucedido, se niega a aceptar que su antigua riqueza se ha ido y que a no ser que haga algo para cambiarlo, no tiene intención alguna de regresar. –la mujer negó con la cabeza- he tratado de hacerle ver que si no se hace cargo de su situación real, nunca podrá hacer nada por modificarla. Tienes que vencer al miedo y ser consciente de aquello que quieres cambiar para poder transformarlo, si no, estás condenado a permanecer en esa situación dolorosa hasta que tomes una decisión.

 El árbol asintió.

-¿Qué hay del otro hombre y la mujer?

Acrishán sonrió sin ganas.

-el hombre nos mira a todos los habitantes por encima del hombro, con el corazón pleno de ínfulas de grandeza. Para él somos pueblerinos y ninguna virtud de nuestro espíritu o de nuestro corazón podrá cambiar jamás ese hecho. He visto a los habitantes del valle tratarle con amor y respeto, enseñando de la mejor manera: con su ejemplo. Y que este ser pareciera ser incapaz de darse cuenta de que aunque físicamente seamos distintos, aunque hallamos nacido en sitios diferentes, más allá de la piel y las geografías, en lo que importa, allí todos somos iguales.

 La guerrera se masajeó el puente de la nariz y se acomodó de nuevo en la rama de su amiga.

-Y la mujer… -Acrishán suspiró- finge ser quien no es. Intenta crear a su alrededor un halo de misterio que no le es propio para así llamar la atención sobre su persona.

-¿Ella lo sabe? –la interrogó Alaine.

Acrishán entrecerró los ojos pensativa.

-Creo que es consciente de lo que quiere crear o de la impresión que quiere transmitir con su comportamiento, lo que ignora es que haciendo eso se está olvidando a si misma. Es… ella puede intentar transmitir seguridad, aplomo, pero si no los siente, si realmente no se siente en su interior como una persona segura capaz de enfrentar cualquier situación, nunca va a ser capaz de transmitirlo.

-Quizás ella si que se sienta así y sea un error de tu juicio –propuso su amiga, mirando interesada a la guerrera.

Acrishán se planteó las palabras de Alaine.

-Puede, pero… la experiencia me ha demostrado que cuando eres, entonces simplemente lo sabes y no tienes la necesidad de demostrárselo a nadie, no tienes por qué interpretar papeles de ningún tipo, no buscas la reafirmación externa a tu propia personalidad. A ver… te pongo un ejemplo, ¿Imaginas a Ónar fanfarroneando de si es capaz de hacer esto o lo otro, de si ha vivido o experimentado tal o cual situación?

La guerrera casi pudo ver al árbol torciendo el gesto.

-No, Ónar no era esa clase de hombre, aún cuando hubiera podido decir esas cosas y que hubiesen sido ciertas.

-¿Ves? A eso me refiero: él lo sabía, con eso era suficiente.

Alaine asintió.

-Eso era una de las cosas que más me gustaban de él, que se conocía a si mismo, conocía su capacidad y aún así era humilde –dijo Alaine, y a pesar del tiempo transcurrido, en su voz hizo eco el amor que hacía épocas, cuando ambos eran humanos, había nacido entre ellos.

Acrishán sonrió, siempre era hermoso pensar en el amor tan inmenso que se habían profesado.

El árbol salió de su ensoñación momentánea y miró a la guerrera.

-Bueno muchacha, me has hablado de los problemas de los forasteros, pero ¿son esos mismos lo que te aquejan a ti?

Acrishán sonrió con suavidad.

-no, el problema que me aqueja a mi es que me gustaría ayudarles y no se cómo, es como te he dicho al principio: padecen una importante ceguera.

¿Sabes? No creo que las personas lleguen al Valle por casualidad, cuando lo hacen suele ser en busca de alguna respuesta, de alguna historia, enseñanza o lección.

-¿y en este caso nadie ha encontrado ninguna? –preguntó Alaine.

Acrishán negó con la cabeza.

El árbol la miro conspicua.

-¿tampoco tú, muchacha? –preguntó de nuevo.

La mujer la miró sorprendida.

-¿yo?

Alaine asintió.

La guerrera abrió la boca para protestar, para recordarle quiénes eran los que tenían problemas y la cerró sin decir una palabra, sonriéndose a su pesar ante su propia arrogancia: acababa de ver el razonamiento de su amiga.

 -¿la has encontrado ya? –preguntó  Alaine, sonriendo suavemente.

Acrishán sonrió de medio lado y asintió.

-Eso creo. No se puede ayudar a nadie que no quiera ser ayudado, no importa de qué manera se les pudieran decir las cosas: no tiene oídos quien no quiere oír. Además… supongo que ha sido arrogante por mi parte el presuponer que querían ayuda –murmuró la guerrera algo abatida.

Alaine la miró.

-No es fácil distinguir entre las personas que buscan ayuda y no se deciden a pedirla, las que parecen necesitarla pero son capaces de apañárselas solas y las que la necesitan pero ni si quiera lo saben.

La mujer escuchó las palabras de su amiga y se las repitió a si misma una vez más a fin de entenderlas: Alaine a veces se expresaba como un trabalenguas.

El árbol continuó.

-La vida nos conduce a cada uno a situaciones en las que hemos de aprender algo y ya sean esas experiencias buenas o malas, ten por seguro que son necesarias para nuestro crecimiento. Esas personas vivieron durante mucho tiempo bajo el yugo de las monedas, de las apariencias y de la hipocresía que estas conllevaban. No puedes esperar que unas pocas palabras tuyas cambien comportamientos que han tenido años para consolidarse. O bueno, podrías hacerlo y venir aquí y sentarte, esperando ingenuamente verlos cambiar.  

Acrishán la miró, algo herida.

-vaya, gracias.

Alaine rió un poco y le guiñó un ojo.

-No me las des, la verdad no es siempre algo agradable de escuchar, al menos deberías contentarte con el hecho de que, aunque a veces no te guste, eres capaz de hacerlo.

El árbol movió una de sus ramas y las hojas cercaron a Acrishán, en una especie de abrazo verde y cariñoso.

-De cualquier forma no te preocupes, algo me dice que los forasteros abandonarán esta noche el Valle y estoy segura de que su camino encontrará la manera de que aprendan algo.

Acrishán sonrió leve, probablemente Alaine tenía razón.

La mujer miró entre las ramas, lejos ya las nubes que la habían empapado al comienzo de la tarde.

El sol se escondía poco a poco tras las montañas, mientras el viento de poniente jugaba a arrancarle murmullos a las hojas del antiguo árbol.

Era bonito tener a alguien con quien hablar, con quien poder desahogarse y de quien recibir consejo, Acrishán acarició con cariño las hojas que la rodeaban y se dijo que más que bonito, era casi mágico el hecho de poder mirar a un ser y que tu corazón lo llamara sin condiciones “amigo”.

La mujer bajó y tras comprobar que estaban secos, se puso los pantalones y se calzó las botas.

Y el sol desapareció finalmente tras los montes, dejando tras de si un cielo de jirones carmesíes y Acrishán se despidió con un hasta pronto de Alaine, prometiéndole ir en breve de nuevo a vera, llena de verdes, de madera, de amistad y de ramas.

Published in: on 15 agosto 2010 at 13:10  Dejar un comentario  
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