Sin dejar de caminar

La mujer se sentó a la sombra del pino gallego, en silencio,  y cerró los ojos.

Las manos le escocían después de haber estado quitando ortigas en el jardín y las llevó hasta la tierra húmeda que quedaba a su lado para aliviarlas.

Respiro hondo, expiró.

Apoyó su espalda en el tronco del árbol, lo saludó con una sonrisa tenue y sintió como la brisa dibujaba el contorno de su cuerpo en aquella mañana de primavera.

“Gran parte de lo que “eres” no lo has elegido tú, te lo han dado, lo han decidido por ti y tú simplemente te has limitado a aceptarlo.”

Las palabras de su maestro se reproducían una y otra vez en su cabeza y como de costumbre, no podía dejar de sentir que tenían razón.

¿Qué partes de ella respondían verdaderamente a su ser y cuáles eran producto de la sociedad en la que había vivido, de sus costumbres?

¿Qué parte de ella era esencia y qué era ego, vanidad o hábito?

Sus ojos cerrados la recogían en una realidad suave y oscura, en la que estaba a solas consigo misma.

Allí no había lugares donde pudiera esconderse.

Hacía ya unos cuantos años –conforme crecía cada vez se sorprendía más de lo rápido que pasaba el tiempo- en otra tarde en su compañía, su maestro preguntó cuánto tiempo se dedicaban a ellos mismos desde que se levantaban hasta que se iban de nuevo a la cama.

La mujer se sonrió sin ganas.

Aquel día, de una manera más intensa que en aquella ocasión, era consciente de que vivía hacia fuera.

Totalmente.

Desde que se levantaba, normalmente después de pocas horas de sueño a causa de los trabajos y las obligaciones, hasta que se acostaba.

Porque no se detenía ni un maldito instante.

A pesar de que a ratos, cuando el cansancio y el estrés diario se lo permitían, se sentía ahí.

Como una presencia de aspecto aniñado, pero con una mirada infinitamente antigua. Una presencia que dirigía a ella sus ojos astutos y aguardaba con paciencia.

La tranquilizaba mucho sentirla, porque hubo un tiempo en que estuvo muy cerca de perderla, de perderse.

¿Que si esa presencia le hablaba?

Si, esas presencias, lo que somos, ellas siempre hablan. La pregunta más bien sería:

¿La escuchaba ella?

A veces, cuando la dejaba, cuando se paraba y se daba una oportunidad para hacerlo.

La mujer suspiró, como si estas mismas preguntas se estuvieran sucediendo en su cabeza.

Se paró entonces un momento, y se hizo a si misma la última pregunta:

¿Que qué le decía?

Que en su interior llevaba demasiado peso. Que había muchas cosas que sobraban, unas cuya existencia conocía y otras que llevaba consigo sin saberlo siguiera y que entorpecían su avance.

Que en estas dos décadas de existencia se había cargado de cadenas: lo que debía ser, lo que debía hacer o tener a cada edad, los objetivos que había de cumplir, los pasos que tenía que dar…

Una carcajada amarga se gestó en su interior –a su esencia estas cosas le hacían mucha gracia, y le daban unas ganas terribles de golpearla con algo-.

Cadenas, cadenas, cadenas…

¿Por qué?

¿Por qué cargaba con ellas tan alegremente, con un estoicismo ilógico, con una voluntad adormecida?

¿Por qué no se paraba alguna vez y en vez de mirar el mundo brillante y vacío que le ofrecen, mira dentro de si misma?

¿qué temía encontrar?

¿Respuestas?

La mujer se sonrío, y esa niña de mirada antigua que vivía en su interior le devolvió la sonrisa.

Porque conocía a la mujer mucho mejor de lo que ella misma lo hacía.

En el interior de la mujer no había una maldad oscura y remota, no existía el deseo silenciado de conjurar el mal ajeno.

Había sombras que respondían a sus defectos y a sus miedos, pero ninguna lo suficientemente preocupante como para que la muchacha no pudiera estar tranquila consigo misma.

En su interior había amor y  como ella sospechaba, además había muchas verdades.

Verdades que encajaban con una lógica carente de pruebas racionales, una lógica peligrosa e intuitiva que nacía de lo que uno sentía cierto.

La niña sonrió y asintió, mirándola socarrona, viendo los deseos de saber que comenzaban a asaltarla y pensando cuándo habría de darles respuesta.

La sonrisa se difuminó en sus rasgos al preguntarse qué haría la mujer, cuando tomara verdadera conciencia de que vivía en una realidad sin sentido, en un juego de luces y formas que no eran más que el telón que ocultaba la verdadera obra.

Cuando descubriera que ella en su atareada vida ni si quiera era una actriz.

Porque los actores al menos saben que están representando un papel, que están siguiendo un guión.

Que ni a público de este gran teatro llegaba, porque el público sabe que está viendo una obra que interpretan actores.

Que realmente, como tantos, tantísimos otros, era un ser maniatado y sentado en su butaca, que veía como unas imágenes se proyectaban sobre el telón del teatro y que creía a pies juntillas que eso era la realidad y su mundo.

La mujer suspiró, cansada.

Porque el rumor de ese susurro de realidad venía cada vez más a menudo a sus oídos.

A su corazón.

Y una vez allí, no podía evitar sembrar la pregunta, de cuándo iba a hacer algo.

Cuánto más iba a esperar.

La mujer suspiró de nuevo, frunciendo ligeramente el ceño y su presencia pareció mirarla desde su interior, pidiéndole que se tranquilizara y que fuera poco a poco, paso por paso .

La mujer la miró agradecida.

“Paso a paso, si, ¡pero no dejes de caminar!” añadió la presencia con un guiño y se despidió.

La mujer sonrió y se levantó de la sombra del gran árbol con un hasta pronto en los labios.

Mientras se alejaba, las últimas palabras de esa niña de mirada antigua resonaban al compás de sus pisadas: Paso a paso, si, pero sin dejar de caminar.

Published in: on 10 mayo 2011 at 0:08  Dejar un comentario  
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